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COMENTARIOS DE RALENTI
Hola, soy Franco
Apasionado de las motos desde que tengo memoria, descubrí este amor arriba de una Puma cuarta serie que mi papá me prestaba para recorrer las calles de mi pueblo natal. Algunos años después, y ya con mucha más pericia comencé a organizar viajes en moto, facilitando al grupo todo lo necesario para que la experiencia sea inolvidable. ¡En algunos viajes llegamos a ser 17 motos! Esta etapa de mi vida duró 10 maravillosos años. Escribí dos libros, junté toneladas de anécdotas y tuve las vivencias más lindas y las más tristes, porque la vida es eso, un eterno equilibrio. Principalmente viajábamos al norte argentino, teniendo además la dicha de cruzar la Cordillera de los Andes en varias oportunidades. Un día, y luego de cambiar tres veces de moto con la premisa de un día terminar la Ruta Nacional N° 40, me lancé al camino y cumplí mi sueño, uniendo al fin La Quiaca con Cabo Vírgenes, el kilómetro cero en el sur de Santa Cruz, mostrándome a mí mismo que viajar solo no tiene comparación. Este inolvidable viaje se coronó de la mejor manera, cuando crucé con el pecho lleno de emoción (y algunas lágrimas en los ojos) las torres de ingreso a la austral ciudad de Ushuaia. ¡Había llegado al Fin del Mundo en moto!. La historia quiso que naciera mi canal de YouTube, hoy con más de 160 videos publicados. Creé mi propia página web con la principal iniciativa de ayudar a que todo aquel que desee viajar, encuentre la información y ayuda necesaria para cumplir su sueño. Hoy RALENTI y su logotipo son marca registrada en el Instituto Nacional de Propiedad Intelectual, demostrando el profesionalismo con el cual he encarado este proyecto. Todo esto nació por la pasión que mi viejo me permitió descubrir, y hoy quiero que todos tengan la oportunidad de experimentar. "Somos personas sencillas que un día salieron a la ruta para cumplir sus sueños".¿Qué significa RALENTI?
Desde el primer momento, cuando esto era sólo una idea, ya existía una premisa: ayudar a que cualquier motociclista encuentre el lugar adecuado para compartir sus experiencias, aprender y disfrutar, generando así una fuente de información que sirva para planificar viajes en moto más seguros y gratificantes. Como un símbolo, el ralentí une a todos los motores de combustión interna. No importa la cilindrada, el modelo ni el combustible. Es la mínima velocidad a la que un motor funciona sin detenerse. Un concepto que alcanza a todos y cada uno. Con un claro sentido de INTEGRACION, adherir a ese nombre significó desde el primer momento decir que más allá de la edad, raza, o clase social, siempre habrá lugar para quienes gustan de la actividad. Todos somos distintos, pero todos tenemos cosas en común. Como el ralentí en los motores.Esto somos. Viajamos en moto. Hablamos de motos.
Los cinco lugares que le volo cabeza a Ralenti de la Argentina
Puesto N°1: Ushuaia, provincia Tierra del Fuego.
Salí a la ruta con el corazón lleno de esperanzas y la mente llena de expectativas. No porque supiera exactamente a qué me enfrentaba, sino porque intuía que el camino me iba a exigir de todo: paciencia, coraje, humildad. La moto a veces temblando bajo el viento patagónico me hacía pensar que también tenía dudas, y yo la entendía, pero a veces avanzar es eso: seguir aun cuando el paisaje parece no terminar nunca y el frío se te mete en los huesos como una pregunta sin respuesta. La Patagonia no se recorre, se atraviesa. Hay días en los que el ripio te sacude el cuerpo y el alma, en los que el viento te empuja de costado y te obliga a negociar cada metro. El casco se llena de silencio y pensamientos; el motor se vuelve un mantra. Aprendí a escuchar señales pequeñas: el olor a lluvia en la inmensidad, el cambio del cielo que avisa tormenta, el gesto amable de alguien que te alcanza un mate en una estación de servicios perdida en la nada. En moto, la soledad no pesa, te acompaña. Hubo momentos duros. Manos entumecidas, espalda cansada, noches donde el cansancio se sentaba conmigo a comer. Hubo miedo, claro. Pero también hubo una certeza que crecía con cada kilómetro: seguir valía la pena. Porque cada amanecer era distinto, porque el paisaje se abría como un secreto, porque el camino te devuelve algo que no sabías que habías perdido. Cuando por fin crucé el Estrecho de Magallanes hacia Tierra del Fuego, sentí que el mundo se afinaba. La luz era más limpia, el aire más intenso. Y al ver a las dos torres de entrada a la austral ciudad de Ushuaia, apareciendo entre montañas y mar, supe que lo había logrado, había llegado “al fin del mundo”. Me bajé de la moto y me temblaron las piernas. No por el frío, sino por la emoción. Llegar no fue solo alcanzar un punto en el mapa: fue darme cuenta de que el esfuerzo se transforma en orgullo, que el cansancio se vuelve historia, y que los sueños, cuando se persiguen con convicción, se dejan alcanzar. La ruta me enseñó que viajar en moto es aceptar la fragilidad y celebrar la fuerza. Que lo difícil no quita lo hermoso; lo vuelve inolvidable. Y que llegar a Ushuaia no es el final del camino, sino el comienzo de una versión más valiente de uno mismo.
Franco
Puesto N°2: Esteros de Iberá, provincia de Corrientes.
El viaje empezó mucho antes de ver agua y camalotes. Empezó cuando giré la llave, cuando la moto respondió con ese ronroneo que siempre suena a promesa. Iba rumbo a los Esteros del Iberá, hacia la Colonia Carlos Pellegrini, con el cuerpo listo y el corazón abierto. No buscaba solo llegar: buscaba sentir.La ruta se fue volviendo más angosta, más lenta, más viva. El asfalto dio paso al ripio y el ripio a un polvo fino que se levantaba como un suspiro rojizo detrás de la rueda. El calor del Litoral abrazaba fuerte; el aire olía a tierra húmeda y pasto recién cortado. Cada kilómetro exigía atención, equilibrio, paciencia. Viajar en moto es eso: estar presente en cada segundo, sin filtros, sin atajos.Cuando aparecieron los primeros esteros, sentí que el paisaje respiraba. El agua se extendía como un espejo inquieto, salpicado de verdes imposibles. Carpinchos quietos, mirándome pasar con calma antigua; yacarés inmóviles, dueños silenciosos del borde; aves de todos los colores cruzando el cielo como pinceladas vivas. El sonido del motor se volvió pequeño frente al concierto de la naturaleza. Bajé la velocidad casi por respeto. Llegar a Carlos Pellegrini fue como entrar a otro tiempo. Un pueblo sereno, de miradas honestas y sonrisas lentas, donde la vida parece entender que no hay apuro. Me bajé de la moto y el cansancio cayó de golpe: hombros duros, manos marcadas, la espalda pidiendo descanso. Pero adentro, algo brillaba. Había llegado. Caminar cerca de los esteros al atardecer fue una experiencia difícil de explicar. La luz dorada se apoyaba sobre el agua, el viento movía los juncos como si contaran historias viejas, y yo sentía una gratitud profunda, silenciosa. Por el esfuerzo, por el camino, por la moto que me trajo hasta ahí. Por entender que lo difícil del viaje no es un obstáculo, sino parte del regalo. Ese viaje me enseñó que la recompensa no siempre es ruidosa. A veces llega en forma de quietud, de asombro, de conexión. Los Esteros del Iberá no se visitan: se sienten. Y llegar en moto, con el cuerpo cansado y el alma despierta, hace que todo sea más intenso, más verdadero.
Franco
Puesto N°3: Los Siete Lagos, provincia de Neuquén.
Al contrario de lo que muchos pensarían, salí en junio, cuando la Patagonia no promete facilidades, sino verdades. La moto estaba cargada con más planificación que equipaje: capas de ropa térmica, neumáticos en buenas condiciones, horarios justados por las pocas horas de sol... No era imprudencia; era determinación. Quería recorrer la Ruta de los 7 Lagos en invierno, cuando la nieve no adorna sino que desafía. Desde San Martín de los Andes, el aire ya dolía en la cara. El motor sonaba distinto, más grave, como si supiera que el camino iba a exigir respeto. La nieve aparecía a los costados y, a ratos, cubría la calzada con un silencio blanco que obligaba a ir lento, atento, humilde. Cada curva pedía pulso firme y cabeza fría. Viajar en moto en estas condiciones no es valentía ciega: es confiar en el plan y en uno mismo. El primer espejo de agua, el Lago Lácar, se abrió entre montañas nevadas como una despedida suave. Sus aguas cristalinas contrastaban con los picos blancos, y sentí que el viaje recién empezaba a hablar. Más adelante, el Machónico apareció breve y sereno, envuelto en un bosque quieto, como un secreto compartido solo con quienes se animan al invierno. El Falkner y el Villarino se mostraron profundos y azules, con orillas bordadas de nieve; ahí el frío era intenso, pero la belleza lo compensaba todo. Me detuve todas las veces que pude, con los ojos llenos y el corazón acelerado. El Escondido hizo honor a su nombre: pequeño, íntimo, casi una pausa para el alma. El Correntoso, corto pero vibrante, parecía unir no solo lagos, sino estados de ánimo. Y finalmente, cerca de Villa La Angostura, el Lago Espejo reflejó un cielo plomizo que se abría por momentos, regalando luces tímidas que parecían aplausos silenciosos. Cada lago tenía su carácter, su clima, su forma de emocionar. Y yo los atravesaba con una mezcla de cansancio y gratitud difícil de explicar.
Llegar a Villa La Angostura fue apagar el motor y quedarme quieto, escuchando la nieve caer despacio. Ese invierno me enseñó que la Patagonia no se conquista; se respeta. Que la nieve no frena sueños, los redefine. Y que recorrer la Ruta de los 7 Lagos en moto, en pleno junio, no es solo un viaje: es una conversación profunda con el frío, con la belleza y con esa voz interna que dice, bajito pero firme, que cuando uno se prepara y cree, puede llegar mucho más lejos de lo que imagina.
Franco.
Puesto N° 4: Cruce Internacional ARG – Chi, Puerto Fuy, Lago Pirihueico, provincia de Neuquén.
Había recorrido buena parte de la Argentina, dejando atrás llanuras interminables, vientos patagónicos y pueblos donde el mate aún se comparte sin apuro. Pero sabía que lo que venía sería distinto. Cruzar los Andes en moto, en pleno invierno, no es solo un trayecto, es una decisión que se toma con respeto y con el corazón latiendo fuerte. El Paso Internacional Maluil Malal me recibió en silencio, cubierto de nieve y con ese aire austero que solo tienen los lugares donde la montaña impone sus reglas. El frío calaba hondo; cada respiración se sentía pesada bajo el casco, y la moto avanzaba firme pero humilde, como entendiendo que allí no se trata de velocidad sino de equilibrio y confianza. Mientras ascendía, la cordillera se cerraba a los costados, blanca, imponente, recordándome lo pequeño que uno es frente a tanta geografía. Al cruzar a Chile, el paisaje cambió sin aviso. La Reserva Huilo Huilo apareció como un mundo aparte: bosques densos, verdes intensos que contrastaban con las cumbres nevadas, ríos transparentes y lagos de un turquesa imposible. El camino serpenteaba entre montañas vivas, húmedas, con una vegetación exuberante que parecía avanzar sobre la ruta. Cada kilómetro era una recompensa visual, pero también un desafío; la nieve, el hielo y la humedad exigían concentración total. No había margen para el error, solo para la contemplación consciente. Llegar a Puerto Fuy fue como alcanzar un refugio. El pueblo, pequeño y sereno, parecía detenido en el tiempo, abrazado por el lago Pirihueico. Allí, con la moto ya en silencio y el cuerpo cansado, sentí esa mezcla de alivio y gratitud que solo conocen quienes viajan lejos. El frío seguía presente, pero había algo distinto: una calma profunda, la certeza de estar viviendo un momento que iba a quedar grabado para siempre. El cruce del lago fue el punto más íntimo del viaje. Embarcar la moto y dejarla descansar mientras el barco avanzaba sobre esas aguas quietas fue casi un acto simbólico. Desde la cubierta, observé las montañas reflejadas en el lago, los bosques cerrándose sobre la orilla y la nieve marcando las alturas. No había ruido de motor, solo el avance lento y el pensamiento viajando libre. Cruzar los Andes así, entre dos países, dos culturas y un mismo cordón montañoso, me hizo entender que las fronteras son líneas imaginarias frente a la inmensidad de la naturaleza. Desembarcar y conducir esos 60 km hacia San Martín de los Andes fue volver a casa por otro camino. Argentina me recibió con su invierno, con su aroma a leña y su silencio de montaña. Miré la moto, marcada por la sal, el barro y la nieve, y entendí que ese viaje no se medía en kilómetros, sino en sensaciones. Cruzar los Andes en invierno, en moto, es un acto de respeto, de amor por la ruta y de confianza en uno mismo. Es aceptar el frío, la incertidumbre y el cansancio, sabiendo que del otro lado siempre hay un paisaje, una emoción y una historia que valen cada esfuerzo.
Franco.
Puesto N°5: La Ruta Nacional 40, desde Cabo Vírgenes (provincia de Santa Cruz) hasta La Quiaca ( provincia de Jujuy).
No debe existir en Argentina una ruta más significativa que la nacional 40. Siendo la ruta más extensa y dueña de millones de relatos de alegrías y desafíos, debía verla con mis propios ojos. Fue así que uní el extremo sur, donde la tierra parece terminar y el viento no pide permiso, con el calor y la aridez del norte argentino. Desde Cabo Vírgenes, Santa Cruz, frente a un mar frío y abierto, entendiendo que la Ruta Nacional 40 no es solo una línea trazada en el mapa, sino que es una promesa. Cada kilómetro hacia el norte fue una conversación conmigo mismo. La Patagonia te recibe con su carácter áspero y honesto. Rectas interminables, guanacos observando desde la banquina, cielos tan amplios que obligan a levantar la vista. El viento fue compañero constante, a veces enemigo, a veces maestro. Aprendí a no pelearle, sino a fluir con él, a aceptar que en la 40 el tiempo se mide distinto. Cada parada, cada estación de servicio aislada, cada saludo breve con otro viajero tenía un valor profundo: todos estábamos allí por la misma razón, aunque viniéramos de lugares distintos del mundo. Más al norte, la cordillera comenzó a acompañar el camino. Los lagos del sur, los bosques cerrados, el frío persistente dieron paso a paisajes más abiertos y áridos. Mendoza, San Juan, La Rioja, la tierra se volvió ocre, el sol más intenso, y la moto siguió firme, acumulando polvo y recuerdos. La Ruta 40 exige respeto; no perdona la improvisación, pero recompensa al que avanza con humildad. Cada tramo era un desafío distinto, una nueva forma de entender el viaje. En el norte, la Argentina cambió nuevamente de rostro. Los colores se volvieron más intensos, la cultura más presente en cada pueblo, en cada callecita, en cada mirada. La Quebrada, la Puna, los caminos altos donde el aire escasea y el silencio pesa. Allí, la moto ya no era solo un medio de transporte, era una extensión del cuerpo, una aliada indispensable para seguir avanzando. El cansancio se mezclaba con la emoción; cada kilómetro acercaba al final, pero también confirmaba que algo adentro ya había cambiado. Llegar a La Quiaca fue un momento difícil de explicar. No hubo euforia exagerada, sino una emoción profunda y serena. Apagué el motor y me quedé en silencio, dejando que el viaje terminara de asentarse. Había cruzado el país de sur a norte, siguiendo una de las rutas más emblemáticas del mundo, esa que convoca a viajeros de todos los continentes con la misma pregunta: ¿por qué hacerlo? La respuesta es simple y compleja a la vez. Porque la Ruta 40 no se recorre, se vive. Porque en moto, cada kilómetro deja huella. Y porque completar este viaje no marca un final, sino un antes y un después en la vida de quien se anima a hacerlo.
Franco.
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